La comida, sin duda, es una de las formas más bonitas de sociabilizar y de conectar con los demás. Cuando viajamos, una de las experiencias que más disfrutamos es probar la gastronomía local: es la vía más rápida y directa para entender la cultura de un lugar. Conocer los ingredientes, descubrir cómo se usan y ver cómo cada plato cuenta una historia es, en sí mismo, otro tipo de viaje. Por eso nos encanta perdernos en mercados y supermercados, observar, preguntar y dejarnos sorprender.
Cuando regresamos a casa, intentamos encontrar esos mismos ingredientes —o las mejores alternativas posibles— para reproducir las recetas del mundo que tanto nos han marcado. Algunas cocinas requieren productos muy específicos para lograr esos sabores únicos que, en cuanto los pruebas, te transportan de inmediato al país donde los descubriste.